En el fútbol no fui yo un superdotado cuando niño. Tenía algo de velocidad y aceleración, aunque mi trato con el balón no era especialmente bueno. Eso sí, me entregaba mucho al juego y era bastante duro. Normalmente me ponían como lateral. Hasta que un día, al entrenador se le ocurrió ponerme de pivote defensivo por primera vez en mi vida. No sabía yo muy bien qué hacía ahí. Pronto me di cuenta que mi misión era cortar el juego de los otros, apoyar en defensa a mis compañeros y pasar a los otros 3 mediocampistas a que construyan la jugada.
Poco después vino aquel mítico Mundial del 94 y entonces me encontré con un espejo. Un tal Dunga. No era especialmente dotado tácticamente, pero era duro, se entregaba a su labor y era un poco mandón, un poco como yo. A eso había que añadirle que usábamos el mismo número 8. Poco tardé en pintarle con un rotulador a la camiseta de mi equipo de barrio un “Dunga” sobre el 8. Me sentía plenamente identificado porque sabía que mis capacidades no daban para ser un Raí, un Romario o un Cafú. Yo sólo podía aspirar a ser un Dunga.

Tres mundiales después me encontré de nuevo con Dunga, ahora ya como técnico. Mi carrera de futbolista lleva años enterrada y mi carrera de columnista es una incógnita. Pero era entrañable ver a aquel jugador que admiraba dirigiendo la selección más fuerte del mundo. En realidad, se podía ya intuir la tragedia dados los antecedentes de Dunga, pero yo, iluso de mi, confiaba en Dunga y en su criterio delante de Brasil.
Cuatro años más tarde ahí estaba Dunga en el Grupo de la muerte. Supongo que en alusión a Corea del Norte. Algo decididamente no cuadraba en Brasil. Corea del Norte le dio un pequeño susto que demostró que un poco de orden podía poner en aprietos a Brasil. Sin embargo, la Costa de Marfil de Drogba parecía demostrar lo contrario. Aunque más bien era un duelo entre dos equipos en inferioridad de capacidades. Finalmente hubo que enfrentarse a un Ronaldo y compañía, en el duelo luso-parlante. El empate a cero dejaba muchas cosas en el aire y Brasil como primera de grupo. De repente apareció Otra Brasil. Una que le endosó tres goles a uno de los equipos más ordenados y más luchadores del Mundial, como es Chile.
Pero en realidad, Brasil no era Brasil desde hacía ya tiempo. Ya había dado señales en las eliminatorias. Un día goleaba a Ecuador, pero otro empataba con Perú, luego ganaba con las justas a Uruguay para después perder con Paraguay. A pesar de todo recuperó terreno y se las arregló para ocupar la primera plaza. Pero había más señales que anunciaban la tragedia. La misma convocatoria tenía demasiado tipo duro, demasiado Felipe Melo. La magia estaba escasa, solo limitada a un Kaká en horas bajas y a un Robinho en vías de recuperación. Mientras, Ronaldinho y Ganso se quedaban como suplentes. Pato ni siquiera eso. Además en el ala izquierda había baile de nombres y terminó quedándose el puesto un tal Bastos, que pasaba por ahí.
El juego de Brasil era muy simple: romper el juego de los otros y esperar que arriba alguien meta el balón. Brasil vivió sus partidos pendiente de Maicon y Robinho, los únicos que animaban los partidos. Luis Fabiano ejecutó bien su trabajo, para supervivencia de Dunga y alegría de Del Nido. Elano cumplía bien su papel pese a las divertidas alusiones a su nombre, Alves se volvía una alegre sorpresa para variantes tácticas de Guardiola. Kaká en cambio seguía en la Iglesia o en la pretemporada del Real Madrid, la de 2009. El equipo era como un coche a punto de calar que sin embargo sigue avanzando.
Robinho se propuso empezar la fiesta con los holandeses, siguiendo fielmente el guión de Dunga. Brasil empezó a meter miedo, solo por ser Brasil y los tulipanes picaron en el farol. Pudo terminar en goleada tranquilamente, pero nadie quiso apuntarse a la fiesta de Robinho. Pero Holanda se dejó los complejos en el armario y siendo más mecánica que otra cosa se puso a hacer su nuevo juego. Holanda tampoco está por la labor de enamorar, pero trabaja los partidos para ganar. Sneijder se echó el equipo a la espalda y estos no le fallaron. Dos acciones bastaron para matar a Brasil. También gracias a la participación de un cantante inesperado: Julio César, único portero que parecía salvarse del Mundial de los Guardametas. No quiso ser menos Felipe Melo y decidió expulsarse para acompañar al equipo en el requiem.
En ese momento es cuando hay que apostar por la magia, por esos jugadores que tienen una parte de shamanes. Con uno menos era difícil. Robinho no podía el solo. Maicon desapareció por primera vez en el Mundial. Kaká estaba pensando en la Virgen. Era el momento para apostar por Ronaldinho, por Ganso, por Pato. Pero ninguno estaba ahí. No había artistas para salir a arreglar el concierto. Y Dunga pareció conformarse porque dejó el equipo inmutable con su planteamiento dunguista. Cierto es que no tenía mucho de donde escoger, pero es que ni siquiera lo intentó. Dunga prefirió quedarse mirando el iceberg y Holanda esperó a que el barco se hundiese solo.
Brasil tiene apenas 4 años para reconstruir el equipo. El dunguismo hizo mucho daño y convirtió el mármol de Carrara en una piedra cualquiera. Plagó al equipo de jugadores gatussianos y dungas. Convirtió a Una Brasil que se veía en la final, en una selección fuera de las 4 primeras, lo que es una vergüenza enorme para su pueblo. Dunga y Felipe Melo seguramente pasarán sus vacaciones fuera de Brasil durante un tiempo. Ahora el tiempo corre porque en 4 años la selección deberá parecer otra, como pasó tras el Maracanazo. Por suerte, en Brasil levantas una piedra y te sale un nuevo Zico.
Cuando niño, mi jugador favorito era Dunga. También llegué a decirle a mi tía 4 veces divorciada que los matrimonios no le duraban porque no sabe cocinar bien. Cuando niños, solemos decir muchas cosas sin pensar demasiado en lo que realmente estamos diciendo.

Escrito por Satrustegui


Muy buen artículo, yo no recuerdo a Dunga apenas. Yo me quedaba mirando a los Bebeto, Romario y demás. Saludos!